Esos 17 días que transcurrieron entre el derrumbe y el momento en que se logró hacer contacto con los mineros deben haber sido cruciales. Si no hubieran encontrado la manera de organizarse para conseguir su única meta, sobrevivir, la historia sería muy diferente. Seguramente no se limitaron a quejarse y maldecir a los dueños de la mina.
Cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, estamos o hemos estado en situaciones en las que no parece haber salida. Parece solamente, en realidad siempre hay una salida. En lugar de caer en la tentación de repartir culpas, pongámonos a pensar qué es lo que realmente podemos hacer para cambiar las circunstancias que nos afectan.
Les quiero compartir un pensamiento que me envió una persona a quien tengo el privilegio de llamar mi amiga (¡hola Norita!), y aunque desconocemos el autor original, viene como anillo al dedo para esto que les comento, espero les guste:
Y así después de esperar tanto, un día como cualquier otro decidí triunfar…
decidí no esperar a las oportunidades sino yo mismo buscarlas,
decidí ver cada problema como la oportunidad de encontrar una solución,
decidí ver cada desierto como la oportunidad de encontrar un oasis,
decidí ver cada noche como un misterio a resolver,
decidí ver cada día como una nueva oportunidad de ser feliz.
Aquel día descubrí que mi único rival no eran más que mis propias debilidades,y que en éstas, está la única y mejor forma de superarnos.
Aquel día dejé de temer a perder y empecé a temer a no ganar,
descubrí que no era yo el mejor y que quizás nunca lo fui.
Me dejó de importar quién ganara o perdiera;
ahora me importa simplemente saberme mejor que ayer.
Aprendí que lo difícil no es llegar a la cima, sino jamás dejar de subir.
Aprendí que el mejor triunfo que puedo tener, es tener el derecho de llamar a alguien “Amigo”.
Descubrí que el amor es más que un simple estado de enamoramiento,
“el amor es una filosofía de vida”.







