Esta misma semana se anunció el premio Nóbel de literatura otorgado al escritor y político peruano Mario Vargas Llosa. No les voy a presumir que conozco su obra (en cuestión de lectura de esparcimiento, lo mío lo mío es la ciencia ficción), pero sí quiero compartirles algunos comentarios suyos que me encontré.
En Informador.com.mx, al recibir el doctorado Honoris Causa conferido por la UNAM en septiembre pasado, se publicó:
Detrás de la “terrible” violencia generada por el narcotráfico que vive México, “hay una fuerza económica que se ha convertido en un instrumento de corrupción y de destrucción de las instituciones”, pero para el escritor peruano Mario Vargas Llosa “es el anuncio de la violencia que puede vivir América Latina”, por eso convocó a derrotar este flagelo.
Dijo que en la lucha que enfrenta México debe haber colaboración de aquellos que quieran “salvar su democracia”.
“Probablemente ha revelado la magnitud del problema del narcotráfico, algo que yo creo que nadie tenía una conciencia clara. No se sabía hasta lo que ha ocurrido en México en estos últimos años que tenía esas proporciones tan enormes”.
“Significa que hay que ser conscientes de que si ese fenómeno no lo derrotamos, ese fenómeno nos va a derrotar a quienes creemos en la democracia, a quienes creemos en la legalidad y en última instancia a quienes creemos en la libertad”.
Por otro lado en mayo pasado escribió para El País el artículo titulado “Pecados de mi Padre”, del cual reproduzco una parte:
La televisión ha sido un extraordinario invento, ya lo sabemos, pero ha sido también un formidable desperdicio, pues, en lugar de contribuir a elevar la cultura y la sensibilidad de todo el mundo, ha banalizado, frivolizado y —me atrevo a decir— aumentado el nivel de imbecilidad en un gran número de seres humanos, a quienes las imágenes de los programas más exitosos de la pequeña pantalla —dechados de vulgaridad, chismografía y amarillismo periodístico— exoneran de preocupaciones, inquietudes espirituales e intelectuales y hasta de la incomodidad de pensar.
Esto se hace sobre todo evidente por contraste, cuando aparece un programa capaz de aprovechar la televisión para enriquecer la información, el conocimiento o el placer de los televidentes de una manera realmente original y creativa. Yo recuerdo algunos de ellos, que sobresalían olímpicamente sobre el piélago de chabacanería e idiotismo en que de costumbre chapalean sus congéneres: (…) 60 Minutes, de la CBS, que en tres o cuatro secuencias de apenas trece minutos cada una ofrece una síntesis fascinante de los hechos y personajes más destacados de la escena internacional.
Pues el documental “Pecados de mi Padre”, largometraje de hora y media de duración, dirigido por Nicolás Entel, que exhibió hace unos días la televisión en España, me recordó los mejores logros televisivos de que guardo memoria y, una vez más, me hizo lamentar la utilización que suelen dar los productores y canales a un medio que, en manos diestras e íntegras, puede explorar la realidad circundante de una manera vívida e íntima, encontrar en el caos que ella representa un orden que la haga inteligible y, de este modo, no sólo interesarnos y conmovernos como lo haría un gran libro de ficción, sino ilustrarnos de manera muy certera sobre las verdades y las mentiras del mundo en que vivimos.
Decir que “Pecados de mi Padre” es la historia de Sebastián Marroquín, el único hijo varón de Pablo Escobar, el más famoso narcotraficante de Colombia, con un prontuario de fechorías y hechos violentos sin parangón que han generado en torno de su nombre una verdadera mitología, es decir muy poca cosa. Porque, la confesión del joven protagonista de este documental, más que un testimonio sobre el horror y la sangre en que transcurrió su vida y la de su madre y su hermanita menor —los tres sobrevivieron de milagro a un atentado de enemigos de su padre que hicieron explotar el edificio Mónaco, donde vivían, con 700 kilos de dinamita—, es la radiografía más persuasiva y más dramática del fenómeno de la violencia que vivió Colombia en los años ochenta y los noventa por las guerras entre carteles de la droga y las que libraban todos ellos con las fuerzas del orden.
De todo esto me quedo con las siguientes ideas: La violencia que estamos viviendo en México es sólo la punta del iceberg, reflejo de los vicios que como sociedad hemos desarrollado durante años, haciendo como que no pasaba nada; ahora está pasando y seguirá pasando, no hay soluciones mágicas, y si no hacemos cada quien nuestra parte corremos el riesgo de llegar a los extremos sufridos en la Colombia de Escobar. Es importante que abramos los ojos y veamos la realidad tal cual es. Basta de adormecernos con frivolidades. Y si no nos gusta la realidad, no resolveremos nada con quejarnos, tenemos que trabajar para cambiarla. Todos y cada uno de nosotros, aportemos nuestro granito de arena para ser parte de la solución.
Elsa Rodríguez







