Tras la tormenta

Hoy mi ciudad amaneció resquebrajada. He visto incrédula las imágenes de los lugares donde solían estar las calles, avenidas y puentes por los que transité tantas veces; he escuchado atónita las historias de desastres que dejó Alex a su paso, incluyendo lamentablemente la pérdida de vidas. Me siento al mismo tiempo abrumada y agradecida por haber pasado las últimas horas a salvo en casa con mi familia, sin que nos falten los servicios básicos como agua potable, electricidad y gas, incluso este pequeño lujo que ya se antoja indispensable que es el internet.
Una vez más la naturaleza nos demuestra que no debemos ignorarla. En la ciudad estamos tan inmersos en nuestro mundo de concreto y acero que parece tan sólido, lleno de dispositivos para controlar todo con un botón, que se nos olvida que esto que hemos construido es un mínimo espacio ubicado en un entorno mucho más grande y que escapa a nuestro aparente control.

El cauce de un hoy río seco, el Santa Catarina, divide el norte del sur de Monterrey atravesándolo de lado a lado. Como la mayoría de nosotros nunca lo hemos visto con agua, excepto en 1988 cuando pasó el Gilberto, se nos olvida que es precisamente eso: un río. Y el río tiene memoria.

Al agua no le interesa si queremos ganarle terreno a la orilla del río para ampliar nuestras avenidas; no le interesa si el lugar donde tiene su caída natural nos pareció perfecto para poner una calle; no le interesa si nos gusta construir más arriba en el cerro para tener mejor vista, haciendo a un lado el sentido común en la seguridad de las construcciones; no le interesa si los comerciantes instalados en el lecho del río no tienen otro modo de generar ingresos; y no le interesa tampoco si los que tienen sus precarias viviendas en la orilla del río no quieren salir de ellas ante la alerta de huracán por temor a que les roben sus pertenencias.

Hay que reconocer también que fuimos afortunados al no tener una desgracia mayor. La presa rompe picos en la Huasteca está previniendo que el río Santa Catarina se desborde; de no ser así, seguramente hoy estaríamos contando más muertes que las ocurridas en el 88, además de la afectación a la infraestructura, tomando en cuenta que Alex trajo cerca del doble de precipitación que el Gilberto.

Bastan unos segundos para cambiar la vida de una persona, y bastaron unas horas de lluvia ininterrumpida para cambiarnos la vida a los millones que habitamos esta metrópoli. Ahora viene el tiempo de reconstruir. Somos un pueblo acostumbrado a trabajar duro y salir adelante ante la adversidad. Ojalá estos embates nos hagan también más prudentes. Ojalá que empecemos a diseñar nuestras ciudades tomando en cuenta las fuerzas de la naturaleza.

Por cierto, ¿alguien sabe si otra vez nos prometieron arreglar el drenaje pluvial en alguna campaña electoral?

Para los que deseen colaborar con nuestros compañeros damnificados, aquí está lo que se necesita, la cuenta para donativos y los centros de acopio; si estás fuera de Monterrey, dirígete a la Cruz Roja de tu localidad.
http://www.desdecantera.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2001

Que estén bien, cuídense mucho todos.

Elsa Rodríguez


Elsa Rodriguez
Escrito en Viernes 02 de Julio de 2010 23:09 por Elsa Rodriguez

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