Cuando fuimos creciendo se hizo más mala, siempre insistía en saber dónde estábamos. Parecía que estábamos encarcelados. Tenía que saber quiénes eran nuestros amigos y lo que estábamos haciendo. Insistía mucho en que si decíamos que íbamos a tardar una hora, debíamos tardarnos solamente una hora.
Pero siguió siendo cada vez más mala. Me da vergüenza admitirlo, pero hasta tuvo el descaro de romper la ley contra el trabajo de los niños. Hizo que laváramos trastes, tendiéramos camas, limpiáramos nuestra recámara, aprendiéramos a cocinar y muchas cosas igualmente crueles que no quiero recordar. Creo que se quedaba despierta en la noche pensando en las cosas que podría obligarnos a hacer al día siguiente para molestarnos.
Para cuando llegamos a la adolescencia ya fue más sabia, y nuestras vidas se hicieron aún más miserables. Siempre insistía en que dijéramos la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Nadie nos podía silbar o tocar el claxon para que saliéramos corriendo. Nos avergonzaba hasta el extremo, obligando a nuestros amigos a llegar a la puerta para preguntar por nosotros.
Mi madre fue un completo fracaso. Ninguno de nosotros ha sido arrestado. Cada uno de nosotros estamos trabajando y sirviendo a nuestra patria. ¿Y a quién debemos culpar de nuestro terrible futuro? Tienen razón, a nuestra madre.
Vean de todo lo que nos hemos perdido. Nunca hemos tenido problemas con drogas, ni hemos participado en actos violentos y miles de cosas más que hicieron nuestros amigos. Ella nos hizo convertirnos en adultos educados y honestos.
Sin embargo, verán… hoy doy gracias a Dios por haberme dado "LA MAMÁ MÁS MALA DEL MUNDO".
Autor Desconocido







